7 jul. 2013

El estudio de una jornada de verano


Nuestras queridas penejotas: Es verano. Hace calor. Dicho esto y resumidos así todos los noticieros de aquí a mediados de septiembre, centrémonos en lo que importa.

 Con la llegada de la época estival, a medida que disminuye la cantidad de ropa que cubre nuestros cuerpos serranos (llegando casi al punto de determinados uniformes de determinadas superheroinas) aumentan, ¡brotan!, como setas con el ciclo cambiado, las jornadas lúdicas. Casi cada semana desde el primer solsticio del año se celebran reuniones a lo grande de jóvenes, y ya no tan jóvenes que no buscan otra cosa que compartir su afición, codearse con iguales en gustos, relajarse y disfrutar en un ambiente casi séptico y a prueba de muggles del frikerio.


En general, la normalidad y los y las entrañables roleros medios priman en el gentío con el que uno puede mezclarse en eventos de este tipo, sin embargo, tras varias (y rigurosísimas) observaciones objetivas (ahahahah!) hemos descubierto ramificaciones de la especie e incluso especies nuevas presentes en el ecosistema jornadil. Y aunque lo normal nos encanta, vamos a celebrar lo no normal, las notas de color, las especias exóticas que consiguen que un cous-cous sepa a algo más que a un cocido desestructurado.

Nada más entrar al recinto donde se celebran tales encuentros, destacarán por su uniformidad (el color de la camiseta, el mismo para todos) “los de la organización”. Pues bien, los de la organización se caracterizan por estar muy atareados, en constante movimiento, como las moléculas o las hormigas guisante, están en todas partes, y nada sería posible sin ellos. Andan siempre preocupados, y a veces por cosas tan nimias como que se inunde uno de los espacios del recinto que se están usando como dormitorio (true story) Relax, take it easy, organizers! Lo dicho, sin ellos ni sin sus quebraderos de cabeza ninguna jornada sería posible, y hay que darles las gracias. Ahora bien, dentro de esta especie, existe la supraorganización. Es ese grupúsculo con camiseta de staff que asume de entrada que porque ellos lo valen y porque ellos lo han hecho, uno debe de besar por donde pisan. Sus ínfulas apestan y se detectan a la legua. Estos no programan las jornadas para el resto, ni para promover la afición. Estos lo hacen para engordar su, vaya usted a saber por qué trauma infantil, mermado  ego. “Pues les castigaré con mi indiferencia” pensareis vosotras, crédulas amigas, sin embargo, ellos suelen ser más rápidos en esto, elevando, sin proponérselo, a los altares, a los organizadores de verdad, a los humildes, a los que dan el dado… digo, el callo.

Algo que sorprenderá (o ya no tanto, a estas alturas) al visitante, es la gran cantidad de mesas ocupadas por juegos de, valga la redundancia, mesa. Haciendo honor a uno de sus títulos de cabecera, los tablerófilos han ido colonizando el espacio disponible, pero ¡ey! todo bien, amantes de los libros de instrucciones y si son en alemán más aun, porque, entre partida y partida de rol, ¿qué hay mejor que un Arkham rapidito?

Hablando de partidas de rol, ¡qué graciosos esos grupos que se quejan de que no se pública rol, de que es una afición minoritaria, blablabla y terminan yendo a las jornadas con los mismos amigos con los que juegan cada semana a jugar al mismo puto juego al que juegan cada semana! Endogamia rolera: Odio jugar con desconocidos, no es nada divertido [sic, rolero medio] 

Aunque bien es cierto que se suele acudir en manada, en camarilla, en alianza, en clan, en casa, en familia, en escuadrón, en ocasiones puedes encontrar a los que gustamos denominar: llaneros voyeur solitarios. Estos tipos trabajan solos, como los buenos asesinos a sueldo, pasean entre las mesas  y se detienen a observar el transcurrir de las partidas. Es casi como si velaran por ellas. Aparecen y desaparecen sin más. Nadie sabe de dónde vienen ni dónde van, pero todo ese halo de misterio que podría parecer seductor así en la teoría desaparece cuando te percatas de que no dicen ni hola al acercarse ni adiós al marcharse ¿Dónde ha quedado la buena educación, queridas? Silenciosos como ninjas, aunque inofensivos en general, puedes encontrarte con uno sentado al lado preparando una ficha para jugar a la misma partida que tú. ¿Pero de dónde sale este tío? Shhhh, no lo asustes, es como encontrarse un cervatillo en el bosque. La aproximación debe hacerse despacio o saldrá espantado. Hablará lo imprescindible durante la partida y se marchará como vino. ¡Buen viaje lonely cowboy!

Si la mayoría va en grupo, y como hemos visto, otros van solos, son muy pocos los que pueden presumir de llevar del brazo a su pareja… y de que además esta se divierta, eso ya es un críticazo (o mentira, directamente). Los protofrikis, de quienes ya hemos hablado alguna vez, suelen dejarse ver (así es, los ves porque se dejan, ellos se todo mucho a si mismos) con las divas de las jornadas. Las divas de las jornadas son esas mujeres que, sabedoras de la escasez de las de su sexo (cada vez menos escasas, todo sea dicho ¡bravo por vosotras!), se pasean por los recintos altaneras, soberbias, desdeñosas, como si se las debiera rendir pleitesía o algo. Son una suerte de Cersei, pero de Hacendado, y no de Desembarco.

Los que no fallan son los warhammeros. Ahí, a su rollo, sin meterse con nadie, con sus figuras, pintando, con sus escenarios, los arboletes, las rocas, las fortalezas, chopocientosmil dados, metros, y lo dicho, a su bola. En serio, no comprendemos cómo se juega, ni nada de lo que hacéis, ni la de pasta que gastáis pero ¡super buen rollo, warhammeros! ¡moláis!

Montar un torneo de Warhammer asegura asistencia a unas jornadas. Y lo mismo con las cartas. Nosotras, ya algo obsoletas, nos quedamos en Magic (que no es rol, no, no y no. ¿Cuántas veces hay qué decirlo? Rokugan no es Japón/Magic no es rol). Pero la asistencia de los carteros es fría y despiadada, a lo Julio Cesar: vienen, juegan el torneo de turno, pierden todos, menos uno, y se van. A colocar y contemplar sus mazos, suponemos.

Cobra cada vez más fuerza la presencia en las jornadas de los entrañables otakus. Pues sí, entrañables. Es más, ya no concebimos jornadas sin ellos. Si los otakus no existieran, habría que inventarlos. Porque dan colorido y vidilla, con su cosplay (cuando es digno, y cuando no, más todavía) con su karaoke (cuando es digno, y cuando no, mejor) con sus dibujetes… El que más el que menos te hace en dos minutos un fan art que te deja tieso. Algo huele a podrido  en ese sentido ¿es que solo te dan el carné de otaku si sabes dibujar? Además, ellas, las ellas embutidas en trajes de colegiala, alegrando la vista cansada de escudriñar fichas del viejo rolero medio.

Y aunque por desgracia se ven cada vez menos, no podemos terminar sin mencionar a los aficionados al soft combat, tan pintorescos, dándolo todo con esas armas de gomaespuma que parecen sacadas directamente de un dibujo animado… ¡eso es! De la fábrica de ACME. No subestimarles, esos combates tienen normas. Y las armas deben tener determinadas medidas. Que sí, que son en serio. ¡En serio! Y ¿habláis de postureo? Postureo es lo que tiene alguno de estos, y lo demás son tonterías.

Y hasta aquí este estudio antropoilógico. Este desentrañamiento de la flora intestinal de unas jornadas, a las que recomendamos encarecidamente asistir.

-             ¿A cuáles, a cuáles?
-             ¡A todas, copón, a todas!

Recordad, queridas penejotas, que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. O no.

Post scriptum: para los que nos dabais por desparecidas en combate, recordad que no está muerto lo que yace eternamente…